Desde el naufragio financiero del 2003 hasta la asfixiante inflación que marca este 2026, la economía dominicana se ha erigido como un sombrío laboratorio de debacles y engaños sistemáticos donde se nos receta una y otra vez la misma fórmula que conduce al colapso, alimentando una deuda pública que hipoteca el mañana, mientras la demagogia se consagra como un arte oscuro que se perfecciona en los pasillos de cada ministerio.
La historia política nos ha enseñado que el poder en nuestra media isla no se hereda ni se crea, solo se recicla bajo diferentes siglas. Dicho esto, también observamos cómo cada mandatario desempolva el mismo libreto de salvación nacional, prometiendo un paraíso que siempre queda a cuatro años de distancia con premisas que nunca se cumplen.
Resulta fascinante analizar cómo las cifras de superación de la pobreza se multiplican en los discursos, pero se evaporan en los barrios. En adición a esto; y si sumamos los millones de “rescatados de la pobreza extrema” que alegan los últimos cuatro presidentes, la miseria debería ser hoy un recuerdo arqueológico inexistente en el país.
Si aceptamos como reales estos porcentajes de reducción, República Dominicana ostentaría hoy niveles de bienestar superiores a los de naciones desarrolladas; sin embargo, es todo lo contrario, visto que la aritmética del poder no es verídica ya que choca con una realidad donde los barrios siguen llenos de pobres, una prueba fehaciente de que esas cifras que presentan cada 27 de febrero son una ficción estadística para ocultar el fracaso estructural que socava a nuestra isla.
El dominicano promedio sigue atrapado en la misma analogía circular de un país que crece en los gráficos, pero se estanca en la nevera, debido a que los gobiernos no traen nada nuevo y solo cambian el color de la corbata, mientras repiten las mismas promesas de cambio, cada cuatro años, sin lograr superar la descomposición económica que atrofia a todos los sectores.
No es un secreto. En República Dominicana, la demagogia se viste de modernidad. Los gobiernos de turno utilizan algoritmos y redes sociales para vendernos el mismo espejismo de movilidad social que se ofrecía hace décadas, mediante una danza de cifras maquilladas donde el bienestar se mide por el cemento, no así por la calidad de vida real del ciudadano que diariamente exige más de lo que le prometieron y que a final de cuenta no recibe una milésima parte.
Este 27 de febrero, debajo del telón de la rendición de cuentas, el relato del ‘crecimiento histórico’ resonó como la ficción más lucrativa de nuestra élite política, ya que el discurso del presidente Luis Abinader fue diseñado para sedar la conciencia del pueblo y mientras el podio brillaba con cifras macroeconómicas, en las calles la desigualdad abría grietas profundas, todo bajo el amparo de una corrupción insomne, fiel a su naturaleza, la cual se desbordaba y se expandía como espuma imparable.
No es casual lo que acontece en la sala de reuniones del congreso, ya que los senadores, diputados e invitados, pertenecientes al cartel de la corrupción, tienen por norma disfrutar de una función de teatro donde el guión es predecible: culpar al pasado, inflar el presente y prometer un futuro brillante con la misma retórica que usó el caudillismo, ahora refinada por tecnócratas que dominan el arte de decir mucho sin resolver nada.
Vista esta hecatombe del oportunismo y el descaro político, es justo destacar que para desgracia nuestra, el país se enfrenta a una realidad donde la “clase media” es un concepto elástico que los gobiernos estiran para ocultar la precariedad de la mayoría, un juego de manos estadístico donde desaparecer pobres en los discursos es más barato que generar empleos con salarios dignos y estables.
Observamos que la alternancia política no significa una ruptura con el modelo, sino más bien, una simple rotación de las élites que se enriquecen ilegalmente a través de la impunidad, la cual sigue siendo el hilo conductor que une a los gobiernos y permite que el saqueo de ayer sea la norma aceptada de todos los días.
Resulta asombroso ver cómo los corruptos de cuello blanco navegan con éxito en cualquier escenario político, demostrando que el engranaje estatal es el escudo privado de los privilegios. Esa riqueza insultante que unos pocos ostentan es la prueba irrefutable del engaño; una contradicción sangrante frente a las promesas de igualdad que con tanta vehemencia se evapora apenas terminan los aplausos.
Mientras el discurso político no cambie su esencia analógica y repetitiva, la verdadera transformación seguirá siendo una utopía lejana. La pobreza no se erradica con discursos triunfalistas, sino enfrentando la estructura de mentiras que sostiene esta democracia de fachada y clientelismo.
jpm-am
Compártelo en tus redes:
ALMOMENTO.NET publica los artículos de opinión sin hacerles correcciones de redacción. Se reserva el derecho de rechazar los que estén mal redactados, con errores de sintaxis o faltas ortográficas.