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SANTO DOMINGO.- La Academia Dominicana de la Historia incorporó como miembro de número al escritor y diplomático Alberto Despradel Cabral en un acto celebrado en la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña.
En la ocasión, siguiendo la tradición académica, Despradel produjo un discurso de nueve páginas -escuchado con atención por el público presente- en el que analizó con lujo de detalles el papel jugado por el general haitiano Guy-Joseph Bonnet en los acontecimientos de 1822.
El orador explicó que Bonnet nació en 1773 y fue participante desde joven en las luchas políticas y militares de Saint-Domingue, alcanzando el grado de general de división. “Su trayectoria atravesó la movilización por los derechos de los libres de color, la revolución y las primeras décadas de la independencia haitiana”, dijo.
Para ilustrar sobre Bonnet, apuntó que “conocía de primera mano las transformaciones que habían dado origen al Estado haitiano”. Y resaltó que “Su trayectoria atravesó la movilización por los derechos de los libres de color, la revolución y las primeras décadas de la independencia haitiana”.
Los apuntes de Despradel describieron la coyuntura histórica que, en 1822, condujo a la unificación política de La Española bajo el gobierno del presidente Jean-Pierre Boyer.

“Pocos episodios de la historia dominico-haitiana han suscitado interpretaciones tan contrapuestas en la historiografía dominicana. Una parte de ella ha descrito este período como la invasión u ocupación haitiana de 1822, mientras que determinadas obras haitianas lo han abordado como la “Campaña del Este”, entendida como la concreción de una política de unidad territorial considerada esencial para consolidar el proyecto nacional haitiano”, manifestó.
Advirtió que su propósito “no es sustituir una narrativa nacional por otra, sino detenerme en una voz haitiana que introduce matices importantes en el debate, la del general Guy-Joseph Bonnet”.
Subrayó: “Consultado por el presidente Boyer, Bonnet reconoció las preocupaciones de seguridad de Haití, pero advirtió que una unión impuesta, si ignoraba las diferencias de lengua, costumbres, instituciones e intereses entre las dos sociedades establecidas en La Española, terminaría provocando la separación que pretendía evitar. Esa advertencia constituye el hilo conductor de esta exposición”.
Despradel expresó que “el presidente Boyer solicitó la opinión de Bonnet por medio de su ayudante de campo Bechet. Bonnet respondió verbalmente y también por escrito el 27 de diciembre de 1821, casi cuatro semanas después de la proclamación de Núñez de Cáceres. La fecha es relevante porque muestra que su carta no fue una reacción improvisada, sino una valoración formulada cuando la crisis política ya se había desarrollado y el gobierno haitiano evaluaba sus opciones”.
Agregó:
“Bonnet comprendía la aspiración de Boyer de reducir las amenazas que pesaban sobre Haití y reconocía, además, que existían sectores del Este favorables a la integración. Sin embargo, separó el objetivo de seguridad del método escogido para alcanzarlo. A su juicio, entre ambas poblaciones existían diferencias e intereses esenciales que debían administrarse con prudencia, y la unión solo podría ser sincera y duradera si esos intereses eran debidamente atendidos”.
“Bonnet lo expresó en términos muy precisos cuando señaló que “Entre las dos poblaciones, de costumbres y lenguas diferentes, existían intereses esenciales que administrar; la unión solo podía ser sincera e indisoluble si esos intereses eran manejados correctamente”.

“De esa lectura derivaba una alternativa política concreta. Boyer debía presentarse como mediador y no como conquistador. Haití podía reconocer la existencia de un gobierno en el Este, favorecer la conciliación entre sus grupos políticos y procurar una alianza estrecha que atendiera la seguridad de ambos territorios. En esa fórmula, la influencia haitiana no dependería de la ocupación, sino de la confianza, la cooperación y una relación capaz de reducir los recelos entre los dos gobiernos”.
El nuevo miembro de número de la Academia de Historia destacó que “la objeción de Bonnet iba más lejos y se concentraba en las consecuencias de trasladar al Este el sistema militar y las prácticas políticas haitianas sin adaptación ni acuerdo. A su entender, ese procedimiento podía producir un rechazo duradero porque las diferencias culturales, religiosas y jurídicas terminarían convirtiéndose en fuentes permanentes de conflicto”.
Observó que “su advertencia fue particularmente severa. ‘Vamos a herir a ese pueblo en sus costumbres, en sus usos y en sus creencias; lo haremos irreconciliable. A la primera ocasión que se le ofrezca, se separará de la República sin retorno’.
Despradel puntualizó:
“Boyer optó finalmente por la vía militar y ordenó a Bonnet dirigir el cuerpo de ejército que avanzaría desde el Norte, mientras él encabezaría las tropas del Oeste y del Sur por la ruta de Azua. Ambos contingentes debían reunirse en San Carlos, a las puertas de Santo Domingo. Bonnet obedeció, aunque la decisión contradecía la recomendación que acababa de formular”.
“Durante la marcha, el general levantó información sobre poblaciones, caminos, recursos y características del territorio. El detalle es revelador porque muestra que su mirada no era exclusivamente militar y que intentaba comprender el espacio que el nuevo gobierno se disponía a administrar. Una vez reunidos los dos cuerpos de ejército, Boyer entró en Santo Domingo y, según el relato de Edmond Bonnet, Núñez de Cáceres entregó las llaves de la ciudad mientras declaraba que su movimiento no se había realizado en favor de Haití y que se sometía a la fuerza”.

“La entrada de Boyer, el 9 de febrero de 1822, inauguró un orden político que se mantendría durante veintidós años. La abolición de la esclavitud, la reorganización de la propiedad y la integración administrativa transformaron la sociedad oriental. Al mismo tiempo, las cargas fiscales, los conflictos institucionales y la centralización fueron alimentando oposiciones de distinto signo”.
“Ese período no puede resumirse en una sola medida ni juzgarse a partir de un único efecto. Para el argumento que hoy nos ocupa, lo decisivo es observar cómo varias de las fricciones anticipadas por Bonnet reaparecieron durante la administración haitiana. Boyer procuró inicialmente proteger los bienes y contener los abusos, pero las tensiones surgieron pronto. Parte de las élites emigró, aparecieron conflictos con sectores religiosos y con instituciones locales, y el sistema militar haitiano generó nuevas resistencias”.
“En la memoria atribuida a Bonnet, la disolución de la Universidad de Santo Domingo, el desaprovechamiento del clero local y la imposición administrativa figuran entre los errores que profundizaron el distanciamiento. La valoración que allí se recoge es tajante y sostiene que esos desaciertos fueron creando una resistencia cada vez más difícil de revertir”.
“La obra lo expresa de esta manera, “Por todas partes solo supimos destruir; ninguna institución útil fue preservada. […] Nuestros errores originaron una resistencia silenciosa.”
“La importancia histórica de Guy-Joseph Bonnet reside precisamente en esa doble condición. Fue un general haitiano comprometido con la supervivencia de su Estado y, al mismo tiempo, una voz crítica dentro de la élite política y militar haitiana. No negó los riesgos que enfrentaba Haití, pero cuestionó que la ocupación del Este fuera la respuesta más eficaz y sostenible para hacerles frente”.
“Vista desde el presente, la advertencia de Bonnet conserva una enseñanza que trasciende el episodio de 1822. Ningún arreglo político entre comunidades distintas puede sostenerse únicamente mediante la superioridad militar o la proclamación jurídica de la unidad. Para perdurar necesita legitimidad, consentimiento, respeto institucional y una administración capaz de reconocer las diferencias sin convertirlas en motivo de enemistad”.
“Estudiar a Bonnet, por tanto, no solo amplía nuestro conocimiento de 1822. También nos permite comprender que la historia dominico-haitiana contiene, junto a sus conflictos, debates internos y alternativas que no llegaron a prevalecer. Recuperarlas es indispensable para construir una historiografía más crítica, equilibrada y abierta al diálogo entre los dos pueblos de la isla”.
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