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Cada cierto tiempo, un funcionario del sector eléctrico sube a un podio y anuncia una cifra que suena a triunfo: tantos millones de dólares en inversión, tantos megavatios de nueva capacidad, tanto porcentaje del PIB destinado a «modernizar» el sistema. Y cada cierto tiempo, semanas o meses después, el país entero se queda a oscuras.
El 13 de noviembre de 2025 ocurrió de nuevo: un apagón general, un «blackout» en toda regla, producto de una falla en el sistema de transmisión que le costó el cargo al titular de la La Empresa de Transmisión Eléctrica Dominicana (ETED). No fue el primero. No será el último.
Y la razón de fondo no es un misterio: es una incompetencia estructural, sostenida durante décadas por gobiernos de distinto signo, que insiste en medir el progreso eléctrico dominicano por la cantidad de energía que se produce y no por la cantidad que efectivamente llega a un hogar cuando se necesita.
La foto bonita y la que no se toma
Entre 2020 y 2025, República Dominicana captó más de 3,500 millones de dólares en inversión extranjera directa destinada a generación eléctrica, según cifras que la propia ETED ha exhibido con orgullo.
Es una cifra real y no menor. El problema es lo que no se dice en el mismo podio: mientras la generación recibía en promedio 1,000 millones de dólares anuales, la red de transmisión —las líneas de alta tensión, las subestaciones, la infraestructura que efectivamente mueve esa electricidad hasta el usuario final— ha vivido de anuncios sueltos, de inversiones fraccionadas en decenas de millones aquí y allá, de un refuerzo de 60 millones de pesos en una subestación de Puerto Plata, de otro anuncio de 22,000 millones de pesos —apenas una fracción, en dólares, de lo que reciben los generadores en un solo año— presentado como si fuera un hito histórico.
Un parque solar se inaugura con cinta y discurso. Una subestación reforzada no. Ahí está, en gran parte, la explicación de por qué gobierno tras gobierno prefiere cortar la cinta en la generación: es la parte fotogénica del problema. La transmisión es cableada, torres, transformadores; no hay ángulo de cámara que la haga ver como una promesa cumplida, aunque sea precisamente ahí donde el sistema se cae.
Una demanda que crece más rápido que la red que la sostiene

El sistema eléctrico dominicano acaba de romper, otra vez, su récord histórico de demanda: 4,203 megavatios de potencia instantánea, superando el récord anterior de apenas semanas atrás. Cada nuevo récord se celebra como prueba de una economía pujante, y lo es.
Pero una red de transmisión diseñada y remendada durante décadas de subinversión no crece al mismo ritmo que la demanda que debe sostener. Cuando la curva de consumo sube más rápido que la capacidad de las líneas que la transportan, no hace falta que falle la generación para que el país se quede sin luz: basta con que falle un tramo de transmisión, una subestación sobrecargada, un componente que debió sustituirse hace diez años y que nadie priorizó porque no daba votos.
El apagón que no sale en las noticias
Pero reducir el problema al apagón general de noviembre sería, en realidad, quedarse con la parte más cómoda de la historia. El blackout nacional indigna porque es visible, porque paraliza el país entero por unas horas y porque alguien tiene que dar la cara y renunciar.
Lo verdaderamente grave, sin embargo, es el apagón de todos los días: esas dos, tres, cuatro horas sin luz que miles de barrios y comunidades sufren de manera rutinaria, sin aviso, sin explicación técnica pública y sin que ningún funcionario se sienta obligado a justificarlas. Ese apagón cotidiano no rompe récords de demanda ni cuesta un cargo ministerial; simplemente se asume como parte del clima, como si fuera tan inevitable como la lluvia.
Las propias distribuidoras lo confirman, casi sin querer, cada vez que emiten un comunicado. Circuitos que la publicidad institucional describe como de «24 horas» —es decir, teóricamente sin interrupción— terminan recibiendo seis horas de cortes «temporales por razones técnicas» en sectores enteros del Distrito Nacional, de Santo Domingo, de La Romana, de Higüey, de San Pedro de Macorís.
Cuando falla una planta generadora —Itabo I y Macorís II fuera de servicio simultáneamente, por ejemplo, con más de 200 megavatios menos en el sistema— la respuesta no es un ajuste técnico invisible: es la distribuidora de turno decidiendo, circuito por circuito, a qué barrio le toca quedarse sin luz esa noche.
Y hay comunidades donde ese «circuito por circuito» se traduce en cortes que superan las quince e incluso las veinte horas diarias, como ha ocurrido en San Juan y Bahoruco, mientras el discurso oficial sigue hablando de récords de capacidad instalada.
Y ahí está, quizás, el síntoma más preocupante de todos: el dominicano se acostumbró. Es cierto que de vez en cuando estalla una protesta puntual —vecinos quemando gomas en Villa Consuelo por apagones de más de quince horas, una movilización en El Almirante— pero son brotes aislados, que se apagan en una noche de indignación local y no logran sostenerse ni articularse en una exigencia nacional.
Un apagón general provoca titulares, memes, la salida de un funcionario; un apagón diario en un sector popular, ni siquiera eso: apenas un reclamo en redes que se disuelve para cuando vuelve la luz. Esa resignación no es paz social: es fatiga aprendida, el resultado de décadas de normalizar como «normal» algo que en cualquier sistema eléctrico funcional sería motivo de escándalo público permanente.
Y esa misma resignación, paradójicamente, le quita al problema la presión política sostenida que necesitaría para resolverse, porque un gobierno rara vez prioriza lo que la calle ha dejado de exigirle de manera continua, más allá del estallido esporádico.
Una herencia de casi cinco décadas
Esto no nació con este gobierno ni con el anterior. La raíz se remonta a la estatización del sector en los años setenta y a la capitalización de la vieja Corporación Dominicana de Electricidad en 1997, un proceso que fragmentó el sistema entre generación, transmisión y distribución sin garantizar que las tres piezas crecieran de manera coordinada.
Desde entonces, cada administración ha heredado el mismo desequilibrio y cada una ha optado por la misma salida fácil: atraer inversión privada para generar más megavatios, porque esa es la parte del negocio que el capital extranjero quiere financiar y que el gobierno de turno puede exhibir como logro propio. La transmisión, en cambio, ha quedado mayoritariamente en manos del Estado, sujeta a los vaivenes del presupuesto público, a la voluntad política de turno y a la lógica de que «ya habrá tiempo» para reforzarla.
Ese «ya habrá tiempo» lleva casi cincuenta años repitiéndose. Y cada apagón general —2025 no fue una excepción, fue una confirmación— es la factura que paga el ciudadano por esa procrastinación estructural convertida en política de Estado.
El almacenamiento, la próxima excusa
Ahora empieza a hablarse, con razón técnica, de sistemas de almacenamiento en baterías como la pieza que falta para estabilizar una red con alta penetración solar: cargar en las horas de sol pleno, descargar en el pico de demanda nocturno, responder en milisegundos a una caída de frecuencia que una planta térmica tradicional no puede atender a tiempo.
Es, en efecto, tecnología necesaria. Pero conviene decirlo ahora, antes de que se convierta en el próximo anuncio grandilocuente sin sustancia: el almacenamiento no sustituye una red de transmisión robusta, la complementa. Si se repite el mismo patrón —invertir en la pieza vistosa y postergar la que sostiene todo el sistema— dentro de unos años estaremos escribiendo la misma columna, solo que hablando de baterías en lugar de paneles.
Lo que debería medirse
Mientras el debate público siga girando en torno a cuántos megavatios de capacidad instalada tiene el país, seguiremos mirando la estadística equivocada. La pregunta que ningún funcionario quiere que se le haga con la misma insistencia es otra: ¿qué porcentaje de la inversión eléctrica de los últimos veinte años se ha destinado a transmisión y distribución frente a generación, y por qué esa proporción no se ha corregido pese a que cada apagón general demuestra, una y otra vez, ¿dónde está realmente la falla?
Hasta que esa pregunta tenga una respuesta incómoda y honesta, seguiremos celebrando parques solares en la mañana y buscando velas en la noche.
jpm-am
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