agosto 20, 2026
Buenos para mandar dólares, pero no para exigir derechos (OPINION)

Nos hemos convertido en expertos en la transferencia. Sabemos de memoria el código SWIFT, la tasa del día, cuál app cobra menos comisión y a qué hora llega el depósito a Villa Mella, a Santiago, a Baní. Somos puntuales, incondicionales, sacrificados. Cada mes, sin falta, 200, 300, 500 dólares que salen de una jornada doble en El Bronx, de limpiar oficinas en Queens, de manejar un taxi 12 horas en Paterson.

En 2024, la diáspora dominicana envió más de 10,700 millones de dólares. Diez mil setecientos millones. Es más que lo que genera el turismo en divisas netas, más que todas las exportaciones de zonas francas juntas. Somos, sin exagerar, el ministerio de asistencia social más grande del país, y funciona sin burocracia, sin corrupción, sin rueda de prensa. Funciona por amor y por culpa.

Pero esa eficiencia para sostener se convierte en torpeza para exigir.

LA CULPA DEL QUE SE FUE

Somos buenos para mandar dólares, pero malísimos para reclamar derechos. Y no es casualidad. Nos enseñaron que el dominicano de afuera no opina, solo ayuda. Que su función patriótica es producir y enviar, no cuestionar y proponer. Que la política es cosa de allá y el trabajo es cosa de aquí.

Nos hemos creído ese cuento.

Por eso celebramos con entusiasmo unos Juegos Juan Pablo Duarte en Nueva York, que son necesarios y hermosos, pero no preguntamos por qué, después de 20 años de ley de voto en el exterior, todavía votamos en locales prestados, con un padrón depurado a medias y sin representación real que defienda a la diáspora. Por eso aplaudimos un reconocimiento a un atleta, pero no exigimos una ventanilla única que de verdad funcione en los consulados, sin tener que pagarle a un buscón para una cita.

El autor es periodista, jefe de redacción de ALMOMENTO.NET. Reside en Nueva York

Por eso mandamos dinero para que nuestros padres se hagan un chequeo, pero no exigimos que el Estado dominicano negocie un convenio real de Seguridad Social con Estados Unidos, España o Italia, para que esas décadas de trabajo no se pierdan. Pagamos dos veces por la salud: aquí con seguro y allá con remesa.

Hay una economía moral muy perversa detrás: el que manda no reclama, porque siente que ya se fue, que abandonó. La culpa del emigrante es el mejor aliado del político que quiere remesas sin rendición de cuentas. Nos han vendido que exigir es ser malagradecido.

DE COLONIA SENTIMENTAL A COMUNIDAD POLÍTICA

Si aportamos el 8% del PIB en remesas directas, sin contar maletas, barriles, pasajes y la inversión inmobiliaria que sostiene a media ciudad, ¿por qué no tenemos poder para condicionar?

La diáspora judía no solo manda dinero a Israel, diseña política exterior. La diáspora mexicana no solo manda dólares, obligó a que se discutiera la reforma electoral. La diáspora dominicana, en cambio, sigue en la lógica de la colecta de la iglesia: da y cállate.

Nos falta dar el salto de colonia sentimental a comunidad política.

Una comunidad política no solo organiza un festival de merengue en Washington Heights o un juego deportivo en Manhattan. También organiza un bloque que dice: si ustedes quieren nuestros dólares, nosotros queremos voto con representación proporcional real, queremos diputados de ultramar que vivan en ultramar y rindan cuentas en ultramar, queremos un defensor de la diáspora con dientes, queremos que el INDEX deje de ser un departamento de fotos y se convierta en un banco de becas, de asesoría legal migratoria, de certificación de títulos.

EL DÓLAR ES UN VOTO

Nos falta entender que el dólar es un voto.

Cada transferencia debería ser una pregunta: ¿dónde está mi consulado 24 horas para una emergencia? ¿Dónde está el programa para reinsertar al deportado que vuelve sin nada? ¿Dónde está la política para que mi hijo, que nació aquí, no pierda el español y pueda ir a estudiar a la UASD sin que le cobren como extranjero en su propio país?

Hemos sido tan buenos para adaptarnos que nos hemos olvidado de incomodar.

En esos cafecitos con la comunidad, que son una buena iniciativa, habría que servir también el café amargo: el de la queja organizada. El del dominicano que no solo quiere que le pongan una tarima, sino que le quiten trabas.

ROMPER LA ALCANCÍA

Porque la patria no puede ser solo un lugar al que se le manda dinero para que sobreviva. Tiene que ser un lugar al que se le exige que cambie para que uno pueda volver, o al menos para que uno se sienta dignamente representado aunque no vuelva.

Mientras sigamos siendo buenos para mandar dólares y malos para exigir derechos, seguiremos siendo la alcancía de un país que nos quiere lejos pero productivos. Cerca para el sacrificio, lejos para las decisiones.

Y ya es hora de romper esa alcancía.

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