enero 7, 2026

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El autor es politólogo y teólogo. Reside en Nueva York

Afirmar que María Corina Machado está descartada y que debería conformarse con un Nobel de la Paz es no entender absolutamente nada del momento venezolano. No es una conclusión informada; es una reacción emocional ante un proceso que no está diseñado para el aplauso público, sino para evitar una catástrofe.

Estados Unidos no está negociando con el madurismo porque lo legitime, ni porque haya abandonado a la oposición. Está negociando porque Venezuela no puede colapsar violentamente con una guerra civil. Esa es la diferencia entre política real y consignas.

Washington sabe que una caída abrupta del régimen, sin acuerdos previos, abriría un escenario explosivo: guerra interna, fractura militar, grupos armados disputando territorios y un vacío que aprovecharían actores hostiles. Venezuela no es Haití ni Libia, pero podría terminar peor si el poder se rompe sin control

Además, Venezuela no es solo un problema interno. Es una pieza geopolítica sensible. El régimen ha estado sostenido por Cuba, que opera como cerebro de inteligencia y control. A eso se suman alianzas con Rusia, Irán y China, y la presencia de células de Hezbolá vinculadas a financiamiento, logística y economías ilegales. Para Estados Unidos, permitir un colapso desordenado sería abrir la puerta a sus adversarios en su propio hemisferio.

María Corina Machado

Por eso Washington negocia. Para desactivar amenazas, no para premiar dictaduras. Se negocia para asegurar la continuidad mínima del Estado, evitar la guerra  y garantizar que la salida del poder no convierta a Venezuela en un foco de inestabilidad regional permanente.

El factor migratorio pesa enormemente. Millones de venezolanos ya presionan presupuestos, sistemas sociales y seguridad en toda América. Un estallido violento dispararía esa migración de forma inmanejable, incluyendo exconvictos y redes criminales, con consecuencias políticas y sociales graves en los países receptores. Ningún gobierno serio ignora eso.

En ese marco, incluso el propio madurismo entendió que debía preparar una transición y su eventual entrega, no por virtud democrática, sino por supervivencia. Caer sin garantías sería peor que negociar. Esa es la lógica que muchos se niegan a aceptar.

¿Y María Corina? Precisamente por eso no está descartada. Su papel no es gobernar ahora un Estado que aún no controla. No dirige cuarteles, ministerios, bancos ni tribunales. Forzarla a asumir un rol ejecutivo en esta fase sería quemarla políticamente y hacerle el juego al caos.

María Corina lidera a la sociedad civil y representa una legitimidad futura, no una administración de emergencia. Las transiciones se hacen en etapas: primero se contiene el desastre, luego se ordena el Estado y después se vota.

Cuando exista un proceso electoral real, con reglas claras y un país mínimamente estabilizado, María Corina jugará su verdadero partido. Ahí es donde importa ganar. Antes no.

Los que hoy dicen que “se conforme con un Nobel” no entienden ni a Washington, ni a la geopolítica, ni a Venezuela. Confunden negociación con rendición y prudencia con debilidad.

Y en política, no entender el momento, y caer en especulaciones emotivas, es la forma más rápida de quedar fuera de un análisis objetivo.

jpm-am

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