enero 7, 2026

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La autora es abogada. Reside en Italia

Por Indira M. Blanco Castillo

Para muchos una diplomacia che funciona es aquella que cumple con el rol de evitar y resolver conflictos entre Estados (o de grupos dentro de un mismo Estado). Es aquella que busca acuerdos promoviendo intereses recíprocos a través del dialogo, la empatía y el reconocimientos de las motivaciones de las partes. Cuando la diplomacia no funciona vienen las guerras (militares o económicas), y quienes sufren no son los que deciden sino los pueblos, las personas que pierden la vida y sus teneres. A menudo una parte beligerante en estas guerras ha sido el invasor, el que quiere imponerse a la fuerza, y no da más alternativa que la defensa.

En el ámbito de la diplomacia el Tratado de Paz de Weftalia, firmado en el siglo XVIII, fue un precedente al respecto, sentando las bases de lo que es denominado el Sistema Westfaliano, que todavía hoy es parte del Derecho Internacional Público. Por qué?, porque el acuerdo está basado en principios de respeto a la soberanía de los Estados, la igualdad en derechos y autonomía que tiene cada nación sea esta grande o pequeña.

Según Henry Kissinger, en su obra “Orden Mundial”, este Tratado “sentó las bases de un nuevo concepto de orden internacional que luego se difundió en el resto del mundo”.

Sin embargo, como a menudo ocurre, se llegó a aquel tratado después de una guerra de treinta años, guerra que tuvo lugar entre los años 1618 y 1648 y en la que murieron ocho millones de personas. La guerra se desarrollo en la Europa Central por motivaciones religiosas, conflictos a favor y en contra de monarquías autoritarias y en el conflicto perenne entre los Habsburgo del Austria y los Borbones de Francia por la hegemonía Europea.

El tratado de Weftalia estableció que todos los Estados eran iguales en su derecho de ser soberanos, tener un estatus legal como tal y, por tanto, derecho a practicar la religión que quisieran y a gobernar según los intereses más convenientes para el pueblo que formaba dicho Estado (razón de Estado), o por lo menos así debía de ser.

Se estableció el principio de no intervención en los asuntos internos de otros países, fomentando el respeto mutuo y el uso de la diplomacia para resolver conflictos o cooperar y crear alianzas.

Henry Kissinger, en su obra arriba mencionada, señala que la guerra destruyó la pretensión de los Estados de querer imponer sus creencias religiosas a otros países. “Como ocurre en los conflictos medio orientales en nuestros días”, “Pero esas creencias religiosas a menudo venían metida a parte, porque superadas por intereses geopolíticos en conflicto o simplemente de las ambiciones de personalidades desbordantes”.

Personalidades desbordantes con grandes ambiciones podríamos poner de ejemplo a un Hitler. Líderes y grupos que promueven conflictos.

Otro de los principios claves del Tratado de Weftalia fue la decisión común de los países participantes de mantener un equilibrio de poder. Ningún país podría convertirse en una potencia tan grande que pudiera, si lo decidiera, imponerse a los otros Estados.

Las potencias europeas lo entendieron, y por esto identificaron el interés nacional con el mantenimiento del equilibrio de poder en Europa, o sea manteniendo un balance entre todos los Estados impidiendo que alguno pretendiera la hegemonía en ella.

Kissinger

Según Kissinger, “por más de doscientos años estos equilibrios impidieron guerras en Europa”, mas bien “No impidieron guerras pero limitaron sus efectos, por que el objetivo era mantener el equilibrio”. El objetivo era evitar la hegemonía, sin embargo países secundarios, que lograban por sus meritos ser potencias iguales, podían ser aceptados creando nuevos equilibrios.

Kissinger pone de ejemplo, como la aplicación de estos principios frustró en el siglo XVIII el impulso hegemónico de Luis XIV en Francia, o la aceptación de la Prusia de Federico el Grande, que extendió sus territorios, como un estado paritario, habiendo sido antes un Estado segundario.

Con el Tratado de Weftalia las consultaciones diplomáticas aumentaron, se creó un cuerpo doctrinario que tenía como objetivo fundamental mantener la armonía entre los Estados, fundamentado en el respeto a la soberanía y a las decisiones autónomas de cada Estado. Ayer y hoy en la diplomacia, al momento de las negociaciones es básico el dialogo y la comprensión de las motivaciones de las acciones de un determinado Estado. Se supone que ambas partes deben estudiar y analizar las de la parte contraria para llegar a un acuerdo.

No obstante tanta información en los medios, las motivaciones de determinados conflictos no llegan muy claras al público. No todo sale a la luz pública. Tal vez tenía razón el eminente presidente estadounidense Woodrow Wilson que en sus catorce puntos (propuestas que hizo para evitar nuevas guerras, al final de la primera guerra mundial en 1918) que las negociaciones diplomáticas debían ser trasparentes, conocidas por el público.

Como proponía el filósofo británico Thomas Hobbes en su “Leviatán”, dado que el hombre puede, en su afán de competir uno con el otro, convertirse un lobo para los otros hombres, se requiere de un Estado eficiente que, a través del derecho, garantisca la seguridad de los individuos. Que en mi opinión sigue siendo el de la democracia. Asimismo, en el ámbito de las relaciones internacionales se requieren organismos eficientes que regulen las relaciones entre los Estados, sin prejuicios, buscando las verdaderas motivaciones de las partes.

Existen estos organismos, pero siempre pueden ser mejoradas. Y por otro lado, hay países que no se sujetan a dichos entes. Es el caso de la Corte Penal Internacional donde hay países que no reconocen la jurisdicción de dicho organismo. Habría que analizar sus motivaciones.

En conclusión, el tratado de paz de Weftalia fue hace siglos y todavía, al día de hoy, el sistema westfaliano es el modelo de las relaciones internacionales modernas. Fue un paso de avance en el mundo de la diplomacia y con ello un paso más hacia una sociedad más civilizada, más avanzada, porque fue capaz de contener, en muchas ocasiones, la bestia destructiva de la guerra.

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