
Por: José Antonio Santos Muñoz (José Santos)
santosabogado@hotmail.com
A pesar de la modernidad y de los cambios del tiempo, a pesar del acercamiento de las culturas y de la apertura social, aún hay personas diciendo que sus países todavía no están preparados para que una mujer los gobierne. Amigo lector, ¿qué piensa usted sobre el particular? ¿Podría interpretarse como una expresión de atraso cultural o político? ¿Revela dicha actitud un síntoma de machismo, o prejuicios de género, o una concepción limitada de ciudadanía y de democracia? ¿Será que esas sociedades carecen de la madurez necesaria para aceptar que una mujer pueda ejercer la máxima Magistratura del Estado?
Estas preguntas y muchas más, nos inclinan a profundizar sobre el tema en un análisis posterior, auscultando en los aspectos sociológicos, psicológicos, antropológicos e históricos. Nosotros, particularmente entendemos, que cada cultura tiene sus razones, sus normas y sus tradiciones que guían el discurrir cotidiano e histórico de sus habitantes.
Dicho lo anterior, veamos lo siguiente: la evidencia internacional muestra que los países que han abierto el poder político a las mujeres suelen experimentar transformaciones institucionales, sociales y culturales muy importantes, y muchas de las primeras mujeres presidentas o primeras ministras se han convertido en símbolos de modernización democrática.
La llegada de una mujer por primera vez a la Presidencia o a la jefatura de Gobierno, constituye, en la generalidad de los casos, mucho más que un cambio de persona en el poder. En sociedades en las cuales durante décadas y, en algunos casos, durante siglos, las máximas responsabilidades políticas estuvieron reservadas casi exclusivamente a los hombres, la elección de una mujer rompe una barrera histórica muy importante y transmite un poderoso mensaje: que la capacidad para gobernar no tiene género.
La experiencia internacional, permite observar que este paso suele producir, en primer lugar, un fortalecimiento de la democracia y de la representación política. Cuando una mujer alcanza la máxima magistratura, millones de niñas y jóvenes dejan de percibir el liderazgo político como un espacio ajeno o reservado a «hombres mayores».
El mensaje tiene una enorme fuerza emocional, psicológica, educativa; es un impacto transformacional que va a mejorar grandemente la aptitud, la actitud y la fisonomía de la personalidad colectiva; ya que, si una mujer puede dirigir un país, también puede dirigir una empresa, una universidad, una institución científica, o cualquier otra organización social, financiera, gremial, deportiva o alguna otra índole de estructura de poder.
El fenómeno ya no es tan excepcional. Según ONU Mujeres, al primero de enero del año 2026 había 28 países en los que 30 mujeres ejercían como jefas de Estado o de Gobierno; y 63 de los 193 Estados miembros de Naciones Unidas habían tenido alguna vez una mujer como jefa de Gobierno; según un análisis del Pew Research Center.
La primera mujer que llega al poder, frecuentemente abre las puertas para que otras mujeres ingresen a ministerios, parlamentos, gobiernos locales, cuerpos diplomáticos y otros organismos de dirección. No se trata simplemente de sustituir hombres por mujeres, sino de ampliar la diversidad de experiencias, prioridades y perspectivas en la elaboración de las políticas públicas; que por lo general, tendrían una mayor visión y compromiso de inclusión, prevención y sostenibilidad.
También se registra un impacto significativo en las políticas sociales. Una mayor presencia femenina en los espacios de decisión suele colocar con mayor fuerza en la agenda pública asuntos relacionados con la protección de la infancia, educación, salud, conciliación entre trabajo y familia, igualdad de oportunidades, protección social y prevención de la violencia intrafamiliar.
ONU Mujeres considera precisamente que la participación igualitaria de las mujeres en la vida política y pública es fundamental para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Pero hay otro efecto todavía más profundo: el cambio cultural. Cuando una sociedad ve a una mujer ejerciendo el poder con eficiencia, tomando decisiones difíciles, dirigiendo las Fuerzas Armadas, negociando con otros gobiernos, enfrentando crisis económicas o representando a la nación internacionalmente, se transforma gradualmente el imaginario colectivo sobre lo que verdaderamente una mujer puede representar y hacer.
Los ejemplos de buenos gobiernos presididos por mujeres son numerosos. Esas damas han demostrado que las mujeres podían y pueden ocupar el centro de importantes decisiones estatales. Sin embargo, sería equivocado atribuir sus éxitos exclusivamente al hecho de ser mujeres. Una mujer no gobierna mejor simplemente por ser mujer, de la misma manera que un hombre no gobierna mejor simplemente por ser hombre. La calidad del liderazgo depende de la preparación, las instituciones, el equipo de gobierno, la cultura política, las condiciones económicas y la capacidad de armonizar, lograr consenso y de tomar buenas decisiones.
El verdadero impacto de la primera mujer al frente de un país, debe analizarse en una perspectiva más amplia. Su mayor contribución quizás no sea solamente lo que hace durante su mandato, sino lo que propicia después del mismo; ya que, la primera mujer que llega a la Presidencia rompe esquemas, cambia mentalidades y hace ver que las mujeres pueden competir, ganar y gobernar en condiciones de igualdad, y entonces la democracia, con eso da un gran paso cualitativo.
Existe, además, un efecto sobre la legitimidad y la proyección internacional. Los países que incorporan a las mujeres en los niveles superiores de decisión, proyectan una imagen de sociedades más abiertas, plurales y modernas. La diversidad en el liderazgo puede contribuir a mejorar la capacidad diplomática de los Estados, particularmente cuando las mujeres participan activamente en procesos de paz, cooperación internacional y resolución de conflictos.
La discusión no debería ser si los gobiernos de mujeres son mejores que los gobiernos de hombres o viceversa, pues gobernar no es ni debe ser un asunto de género; aunque sí debemos reconocer que la experiencia internacional parece ofrecer una respuesta clara en el sentido de que, cuando las sociedades permiten que el talento femenino llegue a la cúspide del Estado, amplían su reserva de liderazgo, enriquecen el debate público, multiplican los referentes para las nuevas generaciones y fortalecen la idea de que el poder político pertenece a todos los ciudadanos, no a un solo género.
La primera mujer que gobierna un país, por tanto, no representa únicamente una conquista personal; representa la conquista de una sociedad sobre uno de sus propios prejuicios históricos. Y quizás ese sea su mayor impacto: demostrar, con los hechos, que una nación puede ser gobernada por quien tenga la capacidad, la voluntad, la preparación y la confianza de su pueblo, independientemente de que esa persona sea hombre o mujer.
En cuanto a mi país, entendemos que: con todo el fortalecimiento institucional que hemos alcanzado, logrando una sólida estabilidad política, que nos pone como ejemplo a imitar, que atrae inversión extranjera, que nos coloca como anfitriones de grandes eventos democráticos internacionales y de significativos encuentros parlamentarios; y que, con las extraordinarias demostraciones que ha dado la mujer dominicana dirigiendo y regenteando exitosamente instituciones en diversas áreas, no debe ser esa la discusión.
Debemos debatir sobre si la persona que aspire a dirigir los destinos de la República Dominicana cuenta con la formación, la capacidad operativa, experiencia, integridad, talento, disciplina, consciencia democrática, carisma y liderazgo necesarios para gobernar con idoneidad y eficiencia, independientemente de que sea hombre o mujer, porque gobernar no tiene género.
