
Hay momentos en que la patria deja de ser una palabra escrita en el pasaporte, una bandera ondeando sobre un edificio público o el recuerdo de la tierra que dejamos temporalmente atrás. Hay momentos en que la patria se convierte en una voz.
Y cuando esa voz llama, uno descubre que la distancia importa poco.
En el año 2022 me encontraba en Hamburgo, Alemania, cumpliendo funciones consulares, cuando comenzaron a llegar noticias preocupantes desde la frontera entre la República Dominicana y Haití. Las tensiones alrededor del río Masacre y de la construcción de un canal hacían temer que una controversia por el agua pudiera transformarse en algo mucho más peligroso.
Desde la distancia seguía las informaciones con inquietud. Para mí no se trataba solamente de un problema fronterizo. Aquella línea que separa dos naciones en una misma isla forma parte de nuestra historia, de nuestros sacrificios y también de nuestra responsabilidad como dominicanos.

Podía estar a miles de kilómetros, pero emocionalmente me encontraba allí.
Entonces tomé una decisión que algunos quizás considerarían exagerada: viajé desde Hamburgo hasta Santo Domingo.
No regresaba por vacaciones ni por algún compromiso personal. Regresaba porque sentía que, ante la posibilidad de un conflicto, debía ponerme a disposición de mi país.
Una vez en Santo Domingo visité al jefe del Ejército de la República Dominicana y le manifesté mi intención:
—He venido a ofrecerme como voluntario para ir a la frontera.
Me miró con una mezcla de sorpresa y cordialidad.
—Fausto, estás un poco pasado de edad para ir a combatir.
No podía negar la evidencia. Los años también forman parte del equipaje de un hombre. Pero la respuesta me salió espontáneamente:
—Está bien. Tal vez no pueda correr detrás de nadie ni cargar el mismo peso que un soldado joven. Pero puedo subir a una de esas torres, mirar desde arriba y avisarles a los muchachos para que ellos actúen.
Nos reímos.
Pero detrás de aquella ocurrencia había algo profundamente serio.
Con el paso de los años uno comprende que servir no significa necesariamente estar en la primera línea. Cada generación tiene su lugar. Los jóvenes poseen la fuerza, la velocidad y la resistencia; quienes hemos recorrido un camino más largo podemos aportar experiencia, memoria y una mirada diferente sobre los acontecimientos.
Tiroly
En nuestra frontera existen torres de observación como la que acompaña este artículo. Son construcciones sencillas, levantadas en puntos estratégicos desde los cuales es posible contemplar amplias extensiones del territorio.
Al verla pienso inevitablemente en aquel episodio.
Y he terminado llamándola, con cierto afecto y sentido del humor, “Tiroly”.
Tiroly representa para mí algo más que una torre.
Es la imagen del hombre que, aunque sabe que ya no tiene veinte años, se niega a declararse inútil cuando su país pudiera necesitarlo. Es también una manera de comprender el patriotismo alejada de discursos grandilocuentes.
Porque amar a la patria no consiste únicamente en proclamarlo.
La patria se ama trabajando por ella.
Se ama respetando sus instituciones.
Se ama protegiendo sus recursos naturales.
Se ama educando a sus hijos.
Se ama defendiendo la convivencia y evitando que las diferencias se conviertan innecesariamente en enfrentamientos.
Y, llegado el momento, se ama estando dispuesto a servir.
Realidad
Nuestra relación con Haití está determinada por una realidad que ninguna retórica puede borrar: compartimos una isla. Eso obliga a ambos pueblos a buscar mecanismos de entendimiento, especialmente cuando se trata de recursos naturales compartidos como el agua. Defender los intereses dominicanos y procurar soluciones pacíficas no son posiciones contradictorias. Por el contrario, la verdadera fortaleza de una nación consiste en saber proteger lo suyo sin renunciar a la prudencia.
Las fronteras deben ser vigiladas y respetadas, pero también administradas con inteligencia.
Quizás por eso aquella conversación conserva para mí un significado especial.
El jefe militar tenía razón: probablemente yo ya no estaba en edad de convertirme nuevamente en soldado.
Pero yo también tenía un poco de razón.
Siempre habrá alguna torre desde la cual podamos servir.
Unos estarán abajo, vigilando el terreno. Otros tendrán la responsabilidad de tomar decisiones. Algunos defenderán la nación desde las aulas, los hospitales, los campos, las instituciones o la diplomacia.
Y otros, cuando los años hayan disminuido la velocidad de sus piernas pero no la intensidad de sus convicciones, podremos subir simbólicamente a nuestra Tiroly, mirar hacia el horizonte y decirles a los más jóvenes:
—Por allí. Mantengan los ojos abiertos. Cuiden lo que recibimos y lo que algún día ustedes deberán entregar.
Porque llega una edad en que quizás ya no corresponde ocupar la primera línea.
Pero nunca se está demasiado viejo para amar y servir a la patria.
jpm-am
